Ricardo Porto
- Introducción
El objetivo del presente trabajo es analizar la vinculación que existe entre dos conceptos: información y democracia.
Para ello, en primer lugar se tendrá presente la irrupción de la libertad de prensa, surgida institucionalmente en el marco del constitucionalismo. Allí se gesta la teoría clásica en materia de libertad de expresión, que parte de la base de que la información es un bien escaso que debe ser expandido y distribuido masivamente. Su objetivo principal es impulsar la circulación de la mayor cantidad de información posible, oponiéndose a todo tipo de censura. Sobre esta base se conforma el mercado libre de ideas, ámbito en el cual las personas pueden difundir y acceder a todo tipo de información. En este esquema institucional se asienta la idea tradicional de democracia. Al respecto, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha dicho que la libertad de expresión es una piedra angular en la existencia misma de una sociedad democrática. Es indispensable para la formación de la opinión pública y para que la comunidad, a la hora de ejercer sus opciones, esté suficientemente informada. Es por eso que es posible afirmar que una sociedad que no está bien informada, no es plenamente libre. La libertad de expresión es por lo tanto no sólo un derecho de los individuos sino de la sociedad misma.
Durante décadas, las sociedades democráticas han evaluado el rol de los medios de comunicación tradicionales, como los diarios, las radios y la televisión, de acuerdo a esos principios de la teoría clásica de la libertad de expresión. Todo ello comenzó a cambiar con la irrupción de Internet y las redes sociales. Desde entonces, entró en crisis la idea de que la información era un bien escaso. En efecto, la cantidad de información que circula por las diferentes plataformas audiovisuales es de tal magnitud que resulta imposible procesarla y asimilarla. En ese orden de ideas, si bien Internet indudablemente ha potenciado la libertad de expresión al permitir que millones de personas reciban y difundan informaciones e ideas; a la vez, las desigualdades en el acceso a las redes, la viralización de fake news y discursos de odio, la creación de las cámaras de eco y el uso de la microsegmentación en los procesos electorales, entre otros elementos, han generado diversos efectos disvaliosos para el debate público. En este nuevo escenario comenzaron a surgir voces que, lejos de considerar que esta ampliación de la comunicación fortalece la democracia, afirman que la sobreabundancia de información la está erosionando. Se advierte que la democracia requiere una conversación de calidad y un espacio público que la permita y fomente. La digitalización está implicando una modificación tan radical que exige pensar desde categorías nuevas sobre cómo se realiza ese diálogo que tan necesario es para el desarrollo de la democracia. (Innerarity. 2024).
Por último, se presentará una visión un tanto más compleja de la vinculación de la información con la democracia. En nuestro actual mundo hiperconectado, en el cual las más importantes empresas de tecnología de las comunicaciones han obtenido un poder inusitado, está cobrando cada vez más fuerza un heterogéneo conjunto de miradas que, desde diferentes posturas ideológicas, cuestionan el concepto mismo de democracia. El cuadro es decididamente variopinto. Están quienes proponen una relectura de los clásicos, como Platón y Aristóteles, para concluir que la democracia es una degeneración política que concede demasiado poder a las masas y conduce a todo tipo de ineficiencias. De allí que se sugiera la necesidad de conceder el poder a los monarcas tecnológicos. Entre ellos, pueden citarse a Nick Land, Curtis Yarvin y Peter Thiel, representantes de la denominada Ilustración Oscura. En una orientación similar, se hace referencia al transhumanismo corporativo representado por los líderes de Silicon Valley. En este pastiche ideológico conviven también aceleracionistas de derecha y de izquierda, que, desde posturas opuestas, coinciden en pronosticar el fin del capitalismo tal como lo conocemos actualmente. Estas nuevas y controvertidas miradas, generadas en el marco de la revolución de las TIC, ya no se preguntan si la democracia requiere más o menos información, sino que consideran que esta forma de gobierno no resulta ser la mejor opción en estos tiempos de redes y plataformas.
- Constitucionalismo, democracia y libertad de expresión
El 30 de mayo de 1631 aparece en Francia La Gazette, y con este periódico nace la prensa continental europea. En torno a esos años surgen los primeros diarios en Inglaterra, España, Italia y Alemania, entre otros países. La irrupción de la prensa coincide con el esplendor del absolutismo monárquico y la centralización del Estado, que, por entonces, concentraba la suma del poder público. En ese contexto, la posibilidad de ejercer la actividad periodística estaba sujeta a la autorización gubernamental previa que, a través de licencias reales, concedía el privilegio de desarrollar esa profesión.
Frente al absolutismo imperante, se fue gestando un proceso político e ideológico orientado a modificar radicalmente las bases mismas en las cuales se asentaba la organización jurídica de la sociedad.
Dos acontecimientos cambiarán la historia del mundo: la revolución francesa y la independencia de los Estados Unidos. Ambos hechos, más allá de sus considerables diferencias entre sí, constituyeron una reacción al modelo político vigente por entonces. Marcaron el comienzo del constitucionalismo clásico. Inspiradas en las ideas de Locke, Montesquieu, Jefferson y Madison, entre tantos otros, las primeras constituciones republicanas van establecer dos principios fundamentales: garantizar los derechos del hombre y limitar el poder del Estado.
Los valores incorporados por el constitucionalismo, tales como la soberanía popular, la división de poderes, el contractualismo y el imperio de la ley, entre otros, traen al centro de la escena la idea del Estado de Derecho, que trasciende las diferencias específicas de los distintos esquemas políticos e institucionales, para convertirse en un elemento diferenciador entre la democracia y el autoritarismo.
En este nuevo contexto político, la prensa deja de ser una concesión real, una potestad que otorga el monarca y pasa a convertirse en un derecho de las personas frente al Estado. Al respecto, cabe destacar la importancia de la Primera Enmienda a la Constitución de los EE.UU, que garantiza que el Congreso no hará ley alguna que coarte la libertad de palabra o de imprenta, que tuvo gran influencia en las primeras constituciones latinoamericanas. Por caso, nuestra Carta Magna consagra en su artículo 14 el derecho a publicar ideas por la prensa sin censura previa y en el 32 se impide al Congreso Federal dictar leyes que restrinjan la libertad de imprenta.
Esta posición clásica de la libertad de expresión sin interferencia estatal se fundamenta, entre otras cosas, en la obra On Liberty, de John Stuart Mill y los argumentos de John Milton, en su trabajo Aeropagítica. Todos estos aportes van a contribuir a la formación de la doctrina tradicional estadounidense en la materia, orientada a proteger al individuo frente al Estado, pero no frente a otras personas.
En este contexto se desarrolla la teoría del mercado libre de ideas, por la cual se afirma que para conocer los méritos o excelencia de una idea o de una opinión, es necesario permitir que todas ellas se expresen y que puedan confrontarse entre sí. De este modo, los individuos podrán evaluar y comparar las diferentes ideas y opiniones y optar por las que consideren mejores. Esta es la forma de llegar a la verdad. El instituto del mercado libre de ideas se asocia con posiciones filosóficamente antiperfeccionistas, que demandan una postura neutral por parte del Estado, al que exigen abstenerse de promover o privilegiar algún tipo de moral determinada. Esta doctrina supone, como presupuesto básico, que no se impida la emisión de ninguna idea, con lo cual la visión liberal rechaza con fuerza todo tipo de censura.
Desde esta mirada se va construyendo una particular relación entre la libertad de expresión y la democracia, que tendrá importantes consecuencias institucionales. Por caso, la consagración de la libertad de prensa sin censura previa conduce a una visión abstencionista por parte del Estado y la legislación. Se parte de la tesis de que la libertad de expresión está mejor protegida por la idea de libertad negativa; es decir el menor grado posible de regulación. “La mejor Ley de Prensa es aquella que no se dicta”, es una de las expresiones más representativas del liberalismo.
De este modo, se defiende una idea de pluralismo externo, que se manifiesta en la multiplicidad de voces que se expresan en el universo comunicacional. Para esta corriente de opinión el único pluralismo admisible es el que surge espontáneamente por la sola diversidad de medios de comunicación, que expresan libremente cada uno su propio punto de vista.
Consecuentemente con ello, se condena el pluralismo interno y se rechazan todo tipo de medidas que determinen la forma en cómo deben los medios brindar su información. Por caso, desde esta corriente ideológica se objeta la denominada doctrina de la equidad, consagrada en el célebre caso Red Lion, resuelto por la Corte Suprema de los Estados Unidos, que exige a las radios y canales de TV brindar los diferentes puntos de vista existentes en los casos de interés público. Asimismo, se cuestionan las leyes que regulan contenidos de la programación. Como consecuencia de ello, la visión liberal apuesta a la idea de autorregulación.
Todo este bagaje conceptual de la visión liberal pone el eje en el emisor de información, más que en el receptor de la misma. Por ello, se desarrolla con especial énfasis la idea clásica de la libertad de expresión, antes que el derecho a la información, que posee una dimensión más social.
En este contexto, una tendencia que va a aparecer tempranamente en esta corriente liberal es la asociación de los conceptos de libertad de expresión y derecho de propiedad. Ello ha sido producto de la concepción que ubica a la libertad de prensa en el titular del medio de comunicación. Desde esta perspectiva, diferentes medidas que afectan al propietario de la empresa periodística van a ser vistas como ataques a la libertad de expresión. Así, los decomisos y allanamientos a los medios, pero también las medidas impositivas o el establecimiento de precios máximos a los diarios, van a ser considerados violatorios de la libertad de expresión. De este modo, se sostiene una visión particularmente amplia de las condenas a las formas indirectas de censura, contempladas en la Convención Americana sobre Derechos Humanos, considerando que, prácticamente, cualquier restricción a la propiedad o funcionamiento de un medio de comunicación constituye una afectación a la libertad de expresión.
Asimismo, cabe señalar que esta fuerte asociación entre la libertad de expresión y el derecho de propiedad va a estar presente en el pensamiento liberal, también en lo referido a los monopolios, concentraciones de medios y defensa de la competencia. Dentro de esta corriente ideológica están quienes, a tono con la Declaración de Principios de la Libertad de Expresión, condenan los monopolios comunicacionales, pero se oponen a que existan leyes específicas sobre el particular. Así, creen que las leyes generales de defensa de la competencia son los instrumentos legales adecuados para combatir a los monopolios.
Desde luego, junto a la visión liberal han existido otras teorías en materia de comunicaciones, que plantearon matices o, en algunos casos, posturas antagónicas a sus principales postulados. No obstante ello, y aún con todas sus particularidades y diferencias, las distintas teorías en esta temática han procurado asegurar el derecho a la comunicación, el pluralismo y la diversidad de voces partiendo del supuesto tácito de la escasez de información. Sus principales institutos jurídicos, tales como el derecho de réplica, el mercado libre de ideas, las cuotas de pantalla, la regulación de las redes de emisoras, la defensa de la competencia, o incluso medidas técnicas, como la administración del espectro radioeléctrico, la reserva de frecuencias para prestadores sin fines de lucro o la adjudicación de licencias, entre otras, asumen tácitamente que la información -o su soporte tecnológico- es un bien escaso y que se debe distribuir equilibradamente.
Esta concepción, además, se sustentaba en el hecho fáctico de la finitud del espectro y los enormes costos que demandaba instalar medios de comunicación, como la televisión, la radio o los periódicos. Además, en ese contexto, era el Estado, a través de la concesión de licencias, quien autorizaba el funcionamiento de las emisoras audiovisuales. También, en ciertas ocasiones, el sector público intervenía en la asignación de papeles para los diarios.
Finalmente, cabe señalar que este esquema institucional procuraba diseñar un modelo de discurso público que, a la vez, respondía a la concepción tradicional de democracia. Básicamente, que se trata de un sistema en donde los individuos, libres e iguales, toman, de manera informada y racional, decisiones fundamentadas sobre asuntos de interés público. Para ello, las personas debían contar con la mayor cantidad y calidad de información.
- Más información ¿más democracia?
Probablemente Owen Fiss haya sido uno de los primeros autores en cuestionar la máxima del apartado anterior, que expresa que para la democracia siempre es mejor más información que menos. Analizando el caso Bukley v. Valeo, resuelto por la jurisprudencia norteamericana, referido al uso del dinero en campañas políticas, Fiss nos recuerda que en ciertos casos más discurso no significa, necesariamente, una victoria para el diálogo democrático. El hecho de que los más ricos de la sociedad tengan más posibilidades de expresar sus puntos de vista no significa que la comunidad haya ganado en un sentido relevante del término, dado que no han ingresado nuevas ideas al foro público, sino que ciertas ideas resultan sobrerrepresentadas. (Fiss. 1998)
Actualmente, la irrupción de Internet, las plataformas y las redes sociales traen a la escena una cantidad de información virtualmente ilimitada que transforma el debate público; por lo cual muchos autores comienzan a preguntarse si esta circunstancia beneficia o perjudica a la democracia.
Al respecto, en primer lugar resulta obvio señalar los indudables e innumerables aspectos positivos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la deliberación democrática. La libertad de expresión ha alcanzado una dimensión nunca antes vista en la historia de la humanidad. Todo el ecosistema comunicacional cambió con el advenimiento de Internet. Una cantidad virtualmente ilimitada de información circula por las múltiples y diversas pantallas. Todo este proceso vino acompañado de un crecimiento exponencial de un heterogéneo conjunto de medios que multiplican las posibilidades de la comunicación hasta el infinito. Ahora, todos pueden difundir y recibir información desde diferentes dispositivos, prácticamente, sin limitaciones, con lo cual el debate público democrático ha adquirido una dimensión verdaderamente inusitada.
Paralelamente, las agendas públicas digitales y el sistema de gobierno abierto permiten una interacción más profunda entre el sector público y la sociedad. Las burocracias oscuras y el acceso restringido a la información pública parecen ser cada vez más una rémora del pasado. Todo ello, por cierto, mejora la calidad de la deliberación democrática.
Sin perjuicio de ello, existen autores que presentan miradas más pesimistas en torno a la relación de la información con la democracia. Por ejemplo, Yuval Noah Harari cuestiona la teoría clásica de la libertad de expresión, sostenida por John Stuart Mill y John Milton. Llama a esta postura, la idea ingenua de la información. Recuerda que la misma considera que la información es un intento de representar la realidad y cuando ese intento tiene éxito se lo denomina verdad. Harari, por el contrario, afirma que la mayoría de la información no intenta representar la realidad. Errores, mentiras, fantasías y ficciones también son información. Al contrario de lo que defiende la idea ingenua de la información, ésta no tiene una relación esencial con la verdad, y su papel en la historia no es representar una realidad preexistente. Más bien, lo que hace la información es crear nuevas realidades al conectar entre sí cosas dispares. En este orden de ideas, Harari se preocupa de desvincular los conceptos de información y verdad. Por caso, recuerda que quienes conectan la imprenta con la ciencia dan por sentado que producir y difundir información lleva inevitablemente a la verdad. Olvidan que, si bien es cierto que la imprenta permitió la difusión rápida de datos científicos, también posibilitó las fantasías religiosas, las noticias falsas, las supersticiones y la caza de brujas. En el plano político, rechazando todo tipo de determinismo tecnológico, advierte que si bien los medios masivos de comunicación condujeron al auge de la democracia, también contribuyeron a la consolidación de los totalitarismos. (Harari. 2024)
También existen otras voces que cuestionan la teoría clásica de la libertad de expresión, advirtiendo su inaplicabilidad en la actual era de las redes sociales. Así, advierten que hay una desconexión clara entre lo que el canon de la libertad de expresión habla, regula o inspira y las condiciones contemporáneas de la expresión plataformizada con ediciones mediadas por algoritmos y estándares desparejos definidos por compañías tecnológicas de alcance global. Esta desconexión es entendible, ya que aquel canon fue producto del contexto histórico, político y comunicacional principalmente decimonónico con complementos del siglo XX, que sentó sus bases filosóficas y legales. (Becerra y Waisbord. 2021)
Por otro lado, si bien la desinformación es tan antigua como la historia misma, el actual ecosistema comunicacional ha posibilitado que las fake news se expandan de una manera exponencial. Los problemas derivados de este tipo de noticias falsas se presentan en diversos ámbitos, entre ellos el debate público democrático. En este contexto, la deliberación de la sociedad se ve fuertemente afectada por este fenómeno.
En otro orden, existen autores que también problematizan la relación entre información y verdad. El filósofo surcoreano Byung Chul Han, por ejemplo, expresa que la información por sí sola no explica el mundo, sino que, incluso, a partir de un punto crítico lo oscurece. Recibimos la información con la sospecha de que su contenido pueda ser diferente y esto genera desconfianza. La sociedad de la información es la sociedad de la desconfianza, resume. Luego, agrega que la pérdida de la fé en la verdad conduce a un nuevo nihilismo, que es fruto de las distorsiones de la sociedad de la información. El nuevo nihilismo no supone que la mentira se haga pasar por verdad o que la verdad sea difamada como mentira. Más bien socava la distinción entre verdad y mentira. En ese orden de ideas, advierte que las noticias falsas no son mentiras, sino que atacan a la propia facticidad. En tal sentido, ejemplifica su postura diciendo que cuando Donald Trump afirma sin tapujos cualquier cosa que le convenga, no es el clásico mentiroso que tergiversa de manera deliberada las cosas, sino que es indiferente a los hechos. Por caso, en la campaña electoral se afirmó, sin ningún tipo de pruebas, que Hillary Clinton, junto a otros miembros del partido demócrata, pertenecían a una secta que secuestraba y abusaba de niños en los sótanos de una conocida cadena de pizzerías. También se señaló que los inmigrantes comían las mascotas de los vecinos de Ohio. Sobre el particular, Han advierte la incompatibilidad de la democracia con esta nueva forma de nihilismo. (Han. 2022)
Carla Norrlöf, profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto, explica que existe un nuevo esquema comunicacional. El periodismo y los hechos siguen existiendo, los hechos pueden publicarse, verificarse y, aun así, no provocar ninguna respuesta. Cuando la información pierde su fuerza, se produce la impunidad. Esta estrategia no requiere prohibiciones ni censura, porque el objetivo no es el silencio. Se trata de despojar a las historias que no gustan de su alcance, credibilidad y consecuencias. El mecanismo que se está aplicando no es el control de la libertad de expresión, sino la inmunidad a los hechos. La desinformación antes tenía como objetivo hacer creer a la gente cosas falsas. El nuevo objetivo es procurar que los poderosos sean inmunes a verdades que antes habrían perjudicado sus intereses o les habrían obligado a cambiar su comportamiento. La democracia no muere solo cuando se prohíbe la libertad de expresión. También muere cuando la libertad de expresión veraz deja de importar. (Norrlöf. 2025)
En este orden de ideas, parecería haberse dado un paso más en torno al concepto de postverdad. Ahora no se trata de diluir las fronteras entre la verdad y la mentira; sino que la propuesta es que la verdad ya no importe. El objetivo no es ocultar los hechos, sino que los hechos, directamente, no generen efectos disvaliosos en la sociedad.
Por otro lado, es necesario tener presente la fragmentación social que se produce como consecuencia del accionar de las plataformas, que afecta seriamente el pluralismo y la diversidad de voces. En este contexto, las burbujas informativas contribuyen a la polarización política. Así, la limitación de la diversidad de opiniones conduce a que los diferentes grupos refuercen sus propias convicciones previas. En este contexto, la dinámica y rapidez de los mensajes no se correlaciona eficazmente, por su reduccionismo, con la complejidad de los temas que se tratan; ello lleva a simplificaciones extremas de los argumentos que ayudan a la polarización. (Bercholc. 2020 )
Esta fragmentación de la sociedad conduce a que los diferentes grupos digitales hagan posible una fuerte experiencia de identidad y pertenencia. Para ellas, la información no es un recurso para el conocimiento, sino un recurso para la identidad. En este escenario, los colectivos identitarios tribalistas rechazan todo discurso, todo diálogo, por lo cual el entendimiento ya no es posible. Así, la comunicación actual es cada vez menos discursiva, puesto que pierde cada vez más la dimensión del otro. La sociedad se está desintegrando en irreconciliables identidades sin alteridad. En lugar de discurso, tenemos una guerra de identidades. Ya no nos escuchamos. Escuchar es un acto político en la medida en que integra a las personas en una comunidad y las capacita para el discurso. Crea un nosotros. La democracia es una comunidad de oyentes. La comunicación digital como comunicación sin comunidad destruye la política basada en el escuchar. Entonces, solo nos escuchamos a nosotros mismos. Eso sería el fin de la acción comunicativa. (Han. 2022)
En su clásico trabajo Como mueren las democracias, publicado en 2018, cuando la avalancha de información y la grieta política no tenían las características de nuestros días, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt advertían que la polarización puede despedazar las normas democráticas, señalando que cuando las diferencias socioeconómicas, raciales o religiosas dan lugar a un partidismo extremo, en el cual las sociedades se dividen en bandos políticos, cuya concepciones del mundo no sólo son diferentes, sino, además, mutuamente excluyentes, no hay espacio para la tolerancia. Expresan que cuando la división social es tan honda que los partidos se asimilan a concepciones del mundo incompatibles y sobre todo cuando sus componentes están tan segregados socialmente, rara vez interactúan. En este contexto, la tolerancia mutua desaparece, los políticos se sienten más tentados de abandonar la contención e intentar ganar a toda costa. Esto puede alentar el auge de grupos antisistema que rechazan las reglas democráticas de plano. Y cuando esto sucede, la democracia está en crisis. (Levitsky y Ziblatt. 2018).
Si la polarización política, social y cultural constituía un riesgo para la democracia una década atrás, en nuestros días la dinámica de las tecnologías de la información y la comunicación no han hecho más que profundizar esa grieta. Redes sociales y plataformas audiovisuales están moldeando el debate público de un modo tal que ya no resulta sencillo diferenciar la verdad de la mentira, configurando un escenario donde se sumergen a las personas en burbujas informativas en las cuales se alienta el individualismo y se refuerzan los sesgos personales.
Paralelamente, tiene lugar en la sociedad una ofensiva contra los logros de la modernidad, un cuestionamiento a la racionalidad y al pensamiento crítico. Esto se complementa con una cruzada contra la educación, que es presentada como una forma de adoctrinamiento. Junto a ello, cobran fuerza posturas que rechazan la ciencia y adoptan miradas que suscriben todo tipo de supersticiones y teorías conspirativas. En este escenario, manifestaciones y medidas adoptadas por diferentes gobiernos, son dejadas de lado a los pocos días sin ningún tipo de explicación ni fundamento, evidenciando marchas y contramarchas carentes de lógica. Todo parece disolverse en una suerte de modernidad líquida, tal como enseñaba Bauman.
Como correlato de ello, existe una pérdida de la fe -y de vigencia- en el derecho y en las instituciones democráticas. Tal vez el derecho internacional público sea la disciplina más deteriorada. La incapacidad de las Naciones Unidas para establecer límites al accionar de determinados estados es palmaria.
La república constitucional más antigua del mundo, como lo es Estados Unidos, muestra una variedad de acciones antijurídicas jamás imaginada. Como afirma el profesor de derecho de la Universidad de Miami, Irwin Stotzky, lo que está ocurriendo hoy en Estados Unidos no es una crisis constitucional. Es la desintegración abierta del gobierno constitucional. Las instituciones que se suponía que debían restringir el poder, proteger los derechos y prevenir los abusos no solo están fallando, sino que se están derrumbando a la vista de todos y, en algunos casos, allanando activamente el camino para el dominio ejecutivo. El Congreso ha abandonado su función de control. El Tribunal Supremo ha adoptado doctrinas que concentran el poder en la presidencia. Las agencias federales operan con una discreción letal. Y la opinión pública está dividida entre quienes exigen justicia y quienes rechazan los principios liberales que la hacen posible. (Stotzky.2026)
En suma, más allá de los innegables aspectos positivos que producen las nuevas tecnologías; han podido observarse también acontecimientos que debilitan el debate público democrático. Como señalaba tiempo atrás Owen Fiss no siempre una mayor cantidad de información mejora el discurso. Por su parte, redes sociales y plataformas han acentuado los problemas derivados de la sobreabundancia de información. Finalmente, – y paradójicamente- esta formidable expansión del conocimiento vino acompañada de un marcado deterioro del derecho y de las instituciones democráticas.
4. La nueva aristocracia tecnológica
Giuliano da Empoli comienza su último libro, La hora de los depredadores, relatando el desembarco de Hernán Cortés en el imperio azteca. Cuenta que no le hubiera costado mucho a las tropas locales acabar con esos centenares de imprudentes que habían osado llegar a América. No obstante, recuerda que los aztecas decidieron congraciarse con ellos entregándoles diferentes obsequios, para persuadirlos de que no se dirigieran a la capital del imperio. El resultado fue que Moctezuma tuvo deshonor y guerra.
Da Empoli afirma que los responsables políticos de las democracias occidentales se comportaron del mismo modo con los conquistadores tecnológicos y el resultado fue el mismo. Después de haber fingido respetar la autoridad política los titulares de las empresas de TIC fueron imponiendo progresivamente su propio imperio. (da Empoli. 2025).
Shoshana Zuboff lo explica de una manera más sofisticada. Señala que el capitalismo de la vigilancia implementado por las grandes empresas de comunicaciones contó con la complacencia de las autoridades políticas. Enseña que el desarrollo institucional de este esquema se estructuró en cuatro etapas. En la primera tuvo lugar la mercantilización del comportamiento humano; luego se produjo la concentración de la producción y el consumo de conocimiento computacional; posteriormente se logró la activación del comportamiento humano a distancia y finalmente se está procurando el dominio político. En esta última instancia las empresas buscan convertirse en un sistema autosuficiente que se propone, directamente, reemplazar al propio Estado. Para que estos hechos tuvieran lugar, Zuboff afirma que existió al respecto una verdadera deserción democrática. (Zuboff. 2025)
Por su parte, Maximiliano Zeller trae al debate conceptual la noción de Transhumanismo Corporativo. En primer lugar, advierte que las diferentes posiciones que se etiquetan bajo el nombre de transhumanismo sostienen una hipervaloración de la tecnología. Considera que se trata de un enfoque racionalista, voluntarista y utilitarista que confía en el poder de la ciencia y la razón para resolver los diferentes problemas de la humanidad. De este modo, postula una suerte de utopismo tecnológico que, partiendo de una visión optimista, confía en un progreso tecnológico virtualmente ilimitado. Sin perjuicio de este transhumanismo teórico o académico, Zeller se interesa en describir al Transhumanismo Corporativo, representado por la elite ultra rica de los empresarios tecnológicos radicados en Silicon Valley. Entre ellos, cita a Mark Zuckerberg y su insistencia en crear un metaverso; Elon Musk y su propósito de establecer una colonia en Marte y Raymond Kurzweil, quien se propone explícitamente eliminar la muerte. No obstante, Zeller advierte que tras las declaradas intenciones de salvar a la humanidad se esconde una ideología extremadamente individualista. En tal sentido, afirma que esa ideología californiana que produjo el transhumanismo corporativo se originó en un contexto específico, donde un grupo de individuos vivía en una región con características socioeconómicas y tecnológicas particulares que incentivaban la creencia en una salvación individual y lucrativa. En este orden de ideas, advierte los riesgos para la democracia que supone el constante crecimiento de los dueños de estas megaempresas de TIC. (Zeller. 2024)
En este orden de ideas, existe un grupo de referentes ideológicos que pertenecen a la denominada Ilustración oscura, también conocida como Neorreación, como Nick Land, Curtis Yarvin y Peter Thiel, quienes, directamente, rechazan a la propia democracia y a sus instituciones. Denominan a este sistema La Catedral, y encuadran su oposición a la misma como si se tratara de una rebelión contra una opresión religiosa. Asimismo se burlan de conceptos tales como la corrección política, el igualitarismo y la justicia social, llegando a sostener expresiones decididamente racistas. Cabe señalar que este movimiento ha contado con el financiamiento de las principales empresas de TIC y tiene enorme influencia en Silicon Valley. Por caso, Peter Thiel, es un gran aportante a este grupo. Se trata del fundador de diferentes empresas de tecnología, entre ellas Paypal. Curtis Yarvin, por su parte, es un ingeniero informático, creador de la plataforma Urbit. El principal referente ideológico es Nick Land, precisamente el autor del ensayo denominado La ilustración oscura. Entre los adherentes a este movimiento hay que contar a Elon Musk, quien fantasea con la conquista del espacio y apuesta al transhumanismo, en proyectos como Neuralink. Por último, debe señalarse a Steve Bannon, antiguo asesor de Donald Trump e ideólogo de la ultraderecha, que es un seguidor de las ideas de este movimiento, al igual que el actual vicepresidente del gobierno de los Estados Unidos, James David Vance, quien también se desempeñó en el sector tecnológico.
Como fue señalado, este grupo ideológico rechaza la democracia. Nick Land, en una relectura de Platón y Aristóteles, sostiene que la democracia es una degeneración política que le otorga un poder desmedido al hombre común, organizado en multitud. Se trata de una forma de organización que desprecia el conocimiento y favorece la incompetencia, la ineficacia y la toma de decisiones irracionales. Agrega que los agentes políticos investidos con autoridad transitoria por los sistemas democráticos multipartidistas tienen un incentivo abrumador e irresistible para saquear a la sociedad con la mayor rapidez y exhaustividad posible. (Roganovich. 2025).
Curtis Yarvin, por su parte, considera que el Estado es una empresa propietaria de un país y que debe ser gestionado con parámetros de economía y eficiencia. En ese orden de ideas, los ciudadanos son los accionistas. Desde su mirada, considera las deliberaciones propias del sistema democrático como un lastre para el progreso y el desarrollo y aboga por una conducción centralista y autoritaria. Peter Thiel, por su parte, ha dicho que resultan incompatibles la libertad y la democracia. No obstante, su concepción de la libertad está circunscrita a la libertad de mercado. Además, aclara que referirse a la democracia capitalista es un oxímoron.
Esta corriente de opinión, entre otras cosas, considera que es necesario derribar al Estado democrático, cuya burocracia y formalismo se opone a la eficiencia; por lo cual se aboga por una suerte de nueva aristocracia tecnológica, conducida y gestionada de acuerdo a los parámetros de las megaempresas de comunicaciones.
Algunos de estos referentes ideológicos adhieren también al denominado aceleracionismo. Se trata de una corriente filosófica que ha cobrado notoriedad en los últimos años y que reconoce sus orígenes en pensadores posmodernos como Gilles Deleuze, Jean-François Lyotard y Jean Baudrillard, entre otros. En términos generales, esta teoría defiende la aceleración del desarrollo económico, tecnológico y social, con el objetivo de superar las limitaciones del sistema actual, especialmente del capitalismo. En realidad, hay versiones de izquierda y de derecha de este movimiento, que, más allá de sus diferencias, comparten ambas la apuesta por las nuevas tecnologías como un elemento liberador.
El aceleracionismo de izquierda considera que la aceleración de la tecnología conducirá al fin del capitalismo. Creen en la inteligencia artificial como un instrumento que permitirá reducir y dignificar el trabajo humano, redistribuir la riqueza y establecer una sociedad más justa. Su filosofía se encuentra expresada, fundamentalmente, en el Manifiesto Aceleracionista, redactado en 2013 por Alex Williams y Nick Srnicek.
Por su parte, el aceleracionismo de derecha es defendido por Nick Land y el colectivo Cybernetic Culture Research Unit, de la Universidad de Warwick, entre otros. Esta postura sostiene que las nuevas tecnologías acelerarán al sistema capitalista actual llevándolo a un novedoso esquema, modificando totalmente la vida del hombre en la sociedad. Consideran que esta aceleración no solo es inevitable sino que también es profundamente beneficiosa, ya que conducirá a la humanidad a una nueva dimensión. Esta corriente se vincula fuertemente con el transhumanismo, que sobrevalora la racionalidad moderna y el avance tecnológico como factores centrales del progreso de la civilización.
En suma, se ha querido traer a la escena a todo este complejo y heterogéneo conjunto de referentes ideológicos, dado que los mismos, más allá de sus particularidades específicas, tienen en común su fuerte vinculación con las nuevas tecnologías. Precisamente, las principales empresas del campo de las tecnologías de la información y la comunicación están conformando un nuevo espacio comunicacional que está transformando el debate público sobre el cual se asienta la democracia. Incluso, en esta oportunidad, el propio sistema democrático aparece cuestionado.
5. A modo de reflexión final
A lo largo del trabajo se ha procurado presentar la relación entre dos conceptos: información y democracia.
Hemos visto que la libertad de expresión nace institucionalmente junto al constitucionalismo clásico. Por entonces, se partía de la base de que la información era un bien escaso que debía ser expandido y distribuido masivamente. El objetivo central era que las personas pudieran difundir y acceder a todo tipo de información. Se alentaba a que los individuos bien informados, tomasen decisiones racionales sobre los asuntos de interés público. En este esquema institucional se asentaba la idea tradicional de democracia.
Todo ello comenzó a cambiar con la irrupción de Internet y las redes sociales. Desde entonces, entró en crisis la idea de que la información era un bien escaso. Por el contrario, la cantidad y variedad de información que circula por las diferentes plataformas audiovisuales es de una magnitud nunca vista. Luego de la euforia inicial que supuso está ampliación superlativa de la comunicación humana, comenzaron a alzarse voces que consideraban que este hecho, lejos de fortalecer a la democracia, la estaba erosionando.
Finalmente, se mostró el rol desempeñado por las principales empresas de comunicaciones, en donde pudo observarse cómo fueron aumentando su poder en la sociedad y transformando el debate público democrático. Sobre el particular, fueron presentadas diferentes miradas que cuestionaron el papel desempeñado por las autoridades políticas por favorecer esta expansión desmedida. Asimismo, se mencionaron un conjunto de referentes ideológicos, fuertemente ligados a las tecnologías de la información y la comunicación que, directamente, cuestionaron al propio sistema democrático y postularon una suerte de aristocracia tecnológica.
Asimismo, hemos podido observar cómo, a lo largo de los últimos años, la profunda transformación del ecosistema comunicacional fue acompañada de un debilitamiento del derecho y sus instituciones tradicionales. Luigi Ferrajoli ha dicho que estamos frente a un colapso del derecho y la democracia y sostuvo la necesidad de impulsar un constitucionalismo de la sobrevivencia, que complemente al constitucionalismo de la igualdad, garantizando las condiciones materiales para la vida humana en el planeta. En ese orden, afirmó que el verdadero carácter utópico no reside en la idea de una Constitución de la Tierra, sino en la creencia de que la humanidad puede continuar sin modificar el rumbo actual. (Ferrajoli. 2026)
Así las cosas, resulta sorprendente advertir que la fuerte expansión de la información y el conocimiento están generando un escenario en donde se cuestionan la racionalidad, el derecho y la propia democracia.
Bibliografía
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